cellar door

tenía amigos y tenía padres, abuelos y primos y tíos, pero la mayor parte de las cosas que me fascinaban sólo pasaban en historias de fantasía y lo que mi madre llamaba la vida real no me llenaba y no me parecía cierta. siempre me sentí adoptado, aunque me pareciera mucho a mi padre y a mi madre. me refería a una adopción masiva y planetaria, no sólo parental. alguien me había puesto allí y entonces. cuando nos enseñaban la biblia en el colegio, entendía que podía ser algo como era jesús, podía hacer cosas y había venido contradiciendo a la ciencia conocida con la que todo el mundo explicaba lo que podía ver. yo le llamaba tener poderes. siempre pedía ese deseo: quiero tener poderes. en cualquier momento… cuando nos hacían rezar por algo o algún niño me decía que la piedra que había encontrado era mágica y le podía pedir varios deseos. pues la biblia, tal como la contaba el que podría considerar el primer maestro -y no simple profesor-, el padre miguel, fue la historia que me hizo creer en el resto de historias que sólo parecían fantasía. porque mucha gente, toda la gente, también creía esa historia. era en la que más creían. recuerdo preguntarle al padre miguel qué era una mujer estéril, ya que en la biblia muchas mujeres lo eran pero siempre alguien las curabaaka. tener poderes– y ya no lo eran. el padre miguel me miró con mucha ternura al preguntarle, como si yo fuera un niño algo especial en algún sentido, y me contestó que aquello era el milagro más poderoso que alguien jamás podría obrar. me acarició el remolino del pelo y me fui contento porque tenía lo que quería: existían los poderes, estaba escrito en la biblia.

al acabar ese curso, ya en verano, una especie de primo que tenía cuando veraneaba en almería le dijo a los otros niños que veníamos de barcelona: él -yo- es un mierda. en realidad pronunció mielda porque tenía ese problema con las erres, y decía eles en lugar de erres. si algún día veo que me voy a morir, que me queda poco tiempo, una de las cosas que haré será alquilar un buen coche e ir al lugar exacto donde lo dijo, justo debajo de un gran algarrobo. en lugar de reventarle la puta cara de cateto que tenía, bajé la cabeza y seguí viviendo. uno de los niños bien de almería repitió mielda y me señaló. creo que lo hizo durante días. era un hijo de la gran puta ya de niño. con el tiempo he sabido que ha tenido problemas con las drogas, supongo que es lo que te sucede cuando tus padres tienen tanto dinero que sabes que nunca te hará falta y tú eres un hijo de la gran puta de niño. cuando mi madre me lo dijo, sonreí imaginándomelo con la nariz bien petada por la cocaína y muy calvo.
entiendo que mi especie de primo simplemente quería que yo no estuviera con esos niños, en ese grupo de circunstancia estival. él ayudaba a sacrificar toros en el matadero y yo jugaba con una oveja de mi edad pero en oveja y lloraba cuando veía un perro encerrado en un coche; lloraba mucho en general. entonces él se sentía más que yo. más fuerte.
hubo uno de los niños de barcelona que ese día o al poco tiempo me dijo que no le hiciera caso, que era envidia. le gustaba bruce springsteen y dire straits mucho y tenía una doble pletina a pilas y corriente que colgaba del algarrobo sonando a nivel diez con una bandera de estados unidos. recuerdo perfectamente sus palabras rodeados de pósters de la música que siempre escuchaba. era el él en el quiero ser tú para los niños a los que nos salía la barriga por fuera del bañador slip. todos los niños de barcelona, los niños bien de almería que con el tiempo tendrían problemas con la cocaína y mi especie de primo giraban para ser algo de éste. si no fuera por él seguro que hoy estarían escuchando reggaeton por el altavoz de un samsung galaxy de gama baja. unos años después, cuando yo ya podía conducir y no creía en jesús pero sí exclusivamente en los poderes, mi madre comenzó a llorar en una cabina de teléfonos porque le dijeron que había muerto ahogado en el mar, a unos kilómetros de donde veraneábamos. no pocas veces recuerdo el algarrobo y sus palabras. cada vez que escucho dire straits me acuerdo de él y del algarrobo y de sus palabras y si algún día veo que me voy a morir, que me queda poco tiempo, una de las cosas que haré será alquilar un buen coche e ir al lugar exacto donde lo dijo y colgaré una placa que diga -no le hagas caso, es envidia-.

ese verano cambió mi mirada al mirar como cuando me escribiste para preguntarme si alguna vez había llorado mientras hacía el amor y cambió mi mirada al mirarte. el mundo nunca me había resultado hostil justo hasta ese verano, el resto de días del cual me pasé huyendo de niños de barcelona, almería y sus repectivas putas madres, padres, abuelos y familia en general; con la cabeza bajada y siguiendo viviendo. me había rendido en intentar encajarme.
hubo una fiesta en un cortijo como de despedida; incluso tenían morro frito y los helados con forma de ostra que me gustaban como nada, pero yo me la pasé mirando las estrellas, como quien mira de dónde viene desde hacia dónde va y el primer dónde es su lugar y el segundo no; y me sentía el único que podría mirar al cielo así.
mi padre y mi madre no paraban de mirarme preocupados (uno puede leer esto y pensar que es bueno o normal, pero no lo es: cuando decidí unos años más tarde que no quería ser alguien con la barriga fuera del bañador slip, dejé de comer y mi madre me decía -cuando te metan en un hospital por anorexia, no iremos a verte-. pues tristeza o algo así en lugar de anorexia). yo sentí por primera vez la necesidad de no hablar de qué me pasaba, como si hablando fuera a perder la intensidad que me daba sentirme sin sitio allí o en cualquier otro sitio, que a la vez me dejaba mirar las estrellas como nadie lo podría estar haciendo, y que todo fuera algo utilizable para que mi adopción fuera cada vez más una certeza. tenía la sensación de tener un poder. ahora es triste y parece que se llama monachopsis.

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