all in all is all we are

muchas de las últimas noches en las que no ando buscando en los sitios que pasen las cosas, tienen que ver con el parchís. a veces adivino un número considerable de números entre el uno y el seis (o el siete si tienes todas fuera), y me parece que dispongo de algún poder efímero y enano entre los superpoderes que tanto pedí rezando cuando aún estudiaba religión y nadie me sabía explicar si la evolución y la creación eran la misma cosa. o la búsqueda de la explicación que las uniera. a mí lo que más me interesaba por encima de todo eran los dinousaurios, y siempre tengo la manía de situar en el tiempo las cosas que me gustan por encima de todo, valga la redundancia -esto me recuerda a que en cuanto conocí esa expresión la utilizaba constantemente-. nada me cuadraba con lo que decían en natus y en religión… ¿el meteorito fue antes de la creación? pero si el meteorito chocó con el mundo es que ya estaba creado, ¿no? y si se cargó casi todo, ¿no se cargó al hombre? y si dios creó el mundo a la vez que el hombre en siete días ¿dónde estaba el meteorito? no sé, esa clase de cosas.
en realidad he mentido: los dinosaurios me gustaban mucho, pero menos que el espacio; sólo quería hablar de ellos. debe ser por mis intereses infantiles por lo de allí arriba que estoy tanto más allí que aquí, o que, como dije en el post anterior, estuve en la luna de la comunidad valenciana, porque es bien sabido que la comunidad vecina al sur tiene su propia luna y por las noches los gatos no son pardos, son gatos. así que todo está en todo, ya lo decía kurt cobain. ahora me parece más universal saber si sentir así tiene que ver con las libretas llenas de nombres de planetas y satélites, o qué tiene que ver todo entonces con ahora mismo. qué tengo dentro? no me puedo poner triste viendo la reposición de compañeros.

antes de seguir con lo poco que pueda contar del parchís quiero contar que el padre miguel fue uno de esos profesores de los pocos que recuerdas por cómo enseñaban y no por parecerse a chewaka, mario bros o por repetir insistentemente -ei vinga! els de l’última fila calleu ja si us plau!-. si alguna vez te digo -te cuento- en vez de -te digo- es por él. él me contó al final de una clase -sí, yo era el típico algunos días- que estéril era una mujer o un hombre que no podía concebir. fui a preguntarle porque ya me tenía intrigado tanto desconocido milagro divino que dotaba de fertilidad a las mujeres estériles.
no me supo explicar por qué el mundo no estaba tarao si todos veníamos de adán, eva y su descendencia, y nos habían dicho que follar entre hermanos degeneraba la especie. supongo que contestar sin respuesta pero con una sonrisa sería un guiño. ¿cuántas veces me habrán dicho ya que no todo tiene explicación? su sonrisa, al menos, tranquilizaba de lo sincera que era. me gustaba leer la biblia, es una buena historia, pero de toda la literatura leída hasta ayer, recuerdo más el mirall trencat por las primeras sensaciones de morbo más allá de lo que se sentía con la única forma de sexo que conocía; la de las manos o el frote -siempre a mi cuenta, claro-. de todas maneras me desencantó la religión cuando nos hacían repetir varias veces el padre nuestro en catalán si nos equivocábamos al decir -sigui santificat el vostre nombre- en vez de -sigui santificat el vostre nom- (la traducción de lo primero sería -sea santificado tu número-), y no consideraba justo que nos castigaran así porque no sé en qué curso el padre nuestro pasó a ser el pare nostre y casi nadie hablaba perfecto el catalán. cosas del bilingüismo, en fín.
me gustó ser colegial aunque no hubieran chicas en mi clase hasta primero de bup y me pillara en calzoncillos aprentando por debajo de la barriga las diferencias físicas entre chicos y chicas. y que nunca diera “el cambio” como la mayoría, que aún así me tenían el cariño que se podía tener por alguien que te contesta -un pájaro-, -como el trigo- o -mucha prisa- cuando te preguntan -¿qué es un condón?-, -¿qué es hacerse una paja?- o -estar a cien-, respectivamente, y te contesta sin maldad o sin desconfianza.
ya que estamos hablando del colegio, qué decir del lío que se formó porque en una reunión de padres mi madre comparó el colegio con los campos de concentración porque cuando castigaban sellaban la muñeca con tinta y no podíamos borrar la marca hasta el día siguiente, para que el tutor comprobara que habíamos ido allí la tarde anterior a la biblioteca, el lugar de los castigados. o en la primera comunión, un cura del colegio de curas al que iba se opuso a que vomitara en un lavabo de la iglesia -y eso que estaba blanco nuclear-. me río, porque siempre cuento esto para decir que no creo en el dios que se pinta en las paredes.
en fin, ahora mismo holly golightly está mucho más cerca de mí que entonces el dios al que sólo recurría para que marina o meritxell me dijeran algo, o celia me llamara. o mis padres no estuvieran enfadados más. más adelante aprendí a cruzar los dedos adecuadamente antes que rezar siempre.

ahora sí, volviendo al parchís: ya que parecen esconderse más cosas en el juego que en los sitios donde nunca pasa nada, con mi emancipación me he llevado un parchís de snoopy que me regaló mi tía cuando encima de los edificios donde estaba el campo del español, en sarrià, había uno enorme que respiraba. lo veía a menudo porque cerca de aquel snoopy mi padre conocía un video club donde le pasaban cintas piratas en betamax, desde kramer contra kramer hasta las de walt disney que no llegaban a los videoclubs normales. todas, todas, tenían acento mejicano o qué se yo, de ahí aprendí qué era el charco.
en la bolsa del parchís encontré un cuadro de madera con un tren de dos vagones que tenía en la primera habitación; muy infantil. toda aquella habitación estaba forrada de madera porque era tremendamente asmático.
y colgado ahí, en la pared a mi derecha, me parece aún más que todo esté en todo, que vivir en otra casa, en ese barrio, me recuerda a algo que no entiendo, algo vivido que se me escapa de la situación en el tiempo, como que no entiendo cómo puede ser así y cómo se podía querer así. entonces caigo. caigo en que la tristeza y la alegría están hechas de lo lo mismo. de nuevo, en la cocina del trabajo.

ella me recuerda a lo que nos pueda quedar de infancia.

* el póster de “desayuno con diamantes” iluminado en azul (por la pantalla de la mini cadena), que es lo último que veo por las noches en mi habitación. un domingo, por ese póster, escribí esto sobre el domingo:
hay un huracán en cuba y está nublado en palermo.
ayer estaba oscuro y hubiera cogido el teléfono al ver cuánto llovía. el nórdico no es suficientemente ancho o largo, pero lleva dos fines de semana siendo tan perfecto que no recuerdo a qué sabe el “balantainscola”. me hice dos pensando en lo mismo. cuando las pupilas hacen lo que tienen que hacer con esa oscuridad bajo esa tonalidad, se lee perfectamente “audrey hepburn” y ya puedo decir en voz alta cuánto ha llovido desde que fui a escocia, que no cambiaba nada por los que tienen que ver con ese póster y esa película.-

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5 comentarios

escuchando a Serrat cantar “Mediterráneo” un viernes no muy lejos de tu holly golightly también yo volví a mi infancia…

Hay un huracán en Cuba y está nublado en Palermo.

Creo que una pared en Gràcia nos está esperando…

beso

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Los Goonies!!!! Yo aún lloro cuando veo la flor amarilla revivir en ET! Y tus curas… mis monjas, respondiendo “es cuestión de fe”, pero claro, siempre está esa que sabe explicar mejor con una sonrisa, esa que te cuenta que tuvo novio… y quedan siempre adentro. Es lindo recordar la infancia, gracias por llevarme hasta ahí.

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Quizá llego unos años tarde, pero puedo llevarte a un museo paleontológico alucinante. Los niños flipan allí. En museos espaciales todavía no he trabajado, I’m sorry, pero tampoco creo que los necesites.

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