there’s a light that never goes out (ii)

se me ha olvidado escribir. o no he tenido tiempo de encontrarme mal y señalar mi cabeza con un índice para contestar por qué. me encuentro como la mayoría de veces que me he sentado a escribir; así que me pide hacerlo, tengo el tiempo para sentirme así y sentarme a escribir así.

el frío no aparece al final de ninguna calle, tan sólo hay bochorno y el único frío que siento es ése que sacude cuando con tus pies camina todo lo que hubo en lo que hay, o lo que hay en lo que hubo. en los últimos dos días he hablado con más de treinta personas, he conocido más de quince, voy a beber vino con más de cinco, me follaría a dos y he añorado mucho más a una, pero no sé cuántas llegarán a saber cuántas veces he saltado de un coche en marcha.

deberían de poner una foto de mi madre al lado del refrán perro ladrador, poco mordedor. siempre he pensado que a mi madre le puede la boca, como apéndice de su ímpetu, el mismo del que reniego como renegando de una herencia, no sin sentirme culpable; así por saber que ese día lo echaré de menos. nunca ha mordido lo que ha llegado a ladrar.
en el noventa y ocho ladraba mucho más que ahora. entonces yo perdía las ganas de comer en la misma medida que crecían las ganas de tener la piel de celia cerca, muy cerca, al lado, cualquier pedazo suyo en cualquiera mío, y esto significaba no tener cerca a mi padre y mi madre. también perdía la voz y la sonrisa con facilidad, rozándonos o no, me metía en mí y me perdía al salir porque no sabía ni adonde ni por dónde había llegado. casi siempre cerraba los ojos y buscaba su saliva cerrándolos mucho antes que ella, mordiéndole el labio inferior con los dientes para que el mío superior rozara el suyo con la misma melindrería que el otro mordía y sabía que los suyos así vendrían a ellos. la vergüenza era lo mejor de lo que venía después de besar.

aquella tarde había perdido las ganas de comer y las de hablar, tenía el olor de su pecho a oscuras y mis manos acaban de aprender a desear al mismo tiempo que se habían hecho horma. lo que menos me apetecía era estar en un buffet libre sin hambre. me escapé al lavabo con la pestañas de mi madre quietas; mi madre… que entonces pensaba que cada vez que iba al lavabo era para vomitar y que acabaría con anorexia en un hospital al que no vendría ni ella ni mi padre a verme -claro que hubieran venido, pero ya he dicho que mi madre sólo ladra-. pensé en vomitar, pero vi la ventana sin rejas y el cielo con el azul que tiene cuando hace frío en la sombra y el sol quema al mirarlo. a través se veía la montaña que se ve desde todo el pueblo de celia; el pueblo de celia a más de quinientos kilómetros del lavabo de mi casa. el lavabo de un lugar de su pueblo parecía barcelona. la ventana parecía a light that never goes out. después de todo, volví a la mesa.
en el coche seguí callando; hasta lo seguí haciendo cuando mi madre gritó que si quería volver a ver a celia me tendría que buscar la vida, porque ellos ya nunca más volverían a ir -ella ya ha ido más que yo-. creo que hubieron unos segundos de silencio mientras me buscaba lágrimas, pero tenía algo palpitando y no pude llorar. por eso abrí la puerta del coche y me tiré al asfalto del desvío de una comarcal. no recuerdo si me dolió; recuerdo que corrí, pero no los coches de atrás, o si las manos tocaron la carretera, o si se hundían los pies en la tierra de los huertos.
se movía todo menos el azul de antes, un único horizonte y mi pecho al mirar mis pies. paré del golpe sin falta de aliento, gritaba e insultaba todo lo de hasta entonces. no me avergonzaba tener los brazos extendidos mirando arriba; me sentía cerca; no me sentía menos; me sentía.

durante un momento muy breve no importó perder la saliva de celia; durante entonces se quedó atrás y sólo yo estaba allí, era mío y tomé consciencia de que siempre existirá el horizonte. cuando escucho el ave maría (de händel) recuerdo ese mismo momento, porque había unas partituras quemadas por el sol. me arrepiento de no haber cogido una página, con lo fetichista que soy…
creo que estuve cerca de algo muy grande; ahora que pasan de las dos y media de la madrugada, sólo se me ocurre decir que nunca me sentí tan libre.

al igual que escribí en febrero o en marzo, creo que lo de menos en esta historia fue cómo volví, cómo acabó o cómo comenzó lo que vino a continuación, ni que lo mejor del sexo fuera la vergüenza o que volviera a hacer el amor cinco abriles y un diciembre después. lo único está en lo que sentí esas horas corriendo hacia una colina.

en la última semana santa volví al pueblo con un amigo. él ya sabía la historia, pero le enseñé el asfalto y los caminos que corrí. aunque fui incapaz de entrar dentro del pueblo, nos reímos cuando le dije que en algún punto de aquellos caminos decidí que iba a quedarme en el pueblo y que iba a ser cartero. el se echó a reír, (creo que) me puso la mano encima del hombro y dijo -nada neng, que si te hubieras quedado aquí siendo cartero no hubieras sabido quienes son los smith-. y no sé por qué, pero esa frase sintentiza gran parte de la historia.

* yann tiersen – l’absente
^ un trozo del desvío de la comarcal, con el pueblo de fondo (gracias, neng)

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personal

11 comentarios

Perdón, pero tenté de dar mi opinión sobre lo leído de “recuerdos implantados”, Yellow sabrá la respuesta, pero yo creo que simplemente se trata de que ante una misma situación hay personas que tienen capacidad de sentir más o menos, o nada. Yo me quedo siempre con sentir intensamente. Pero cada uno elige cómo vivir.

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