the minor fall and the major lift

estoy casi solo en este trozo de una segunda planta; necesito quedarme del todo solo para que no me dé vergüenza repetir una vez más la misma canción. y no repetir, como no repetir salchichas en el comedor de lo que vino después del parvulario, no es más que un eufemismo de vergüenza o de no saber pedir o de cualquier duda.

estábamos en la flauta, en una mesa de dos: medio bikini y uno entero, un cortado y uno con hielo, y contaba que, en las huídas en las que te acuerdas de sylvia plath o virginia woolf, acabas empotrado contra algún elemento natural, y caes en que no hay nadie más, y sólo así debe ser, y sólo por eso eres alguien con pequeñas misiones en vidas ajenas; aún y así a veces dudas de si te alcanzará esa clase de egoísmo en la que quien recibe, también da.

en una huída vas buscando encangrenarte las manos bajo un palmo de nieve, cayendo en que no eres más que un chico de ciudad, o un ignorante completo, redundántemente otro más; en otra, caminando hacia la vila de gracia o hacia cualquier otro paisaje emocional, entre intuyendo una ola de frío, saqueado por el viento estático, eléctrico y helado, como los azotes que me daban hace años para despertarme de mí mismo o regresar de la luna de valencia; y también como los abrazos de apretujón que di con el mismo fin; pero, claro, esta vez daba yo a quienes tuve cerca.
al final de las huídas, o del círculo, o en el centro de la espiral, acabas llorando por estar a solas con la belleza, sin saber con exactitud si te la mereces o eres de los pocos con el privilegio de disfrutarla así, y es entonces cuando se pierde la noción de lo emocional, y estar alegre se parece entonces tanto a estar triste, como cuando lloras porque sabes que estás haciendo el amor.

mis adentros se escapan; se me escapan y las lágrimas satén se acanalan como un calzador, para dejar entrar o salir, y se rocían de sal si oigo las voces más cercanas; me hago demasiado pequeño para mí mismo, y no hay mejor metáfora que la de un ascensor que pare en la planta quinta, ni mejor río que las escaleras hacia el terrao, ni mejor sino que hacerme viento y aprender a volar en el mismo momento que preciso hacerlo, para aún seguir viviendo.

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