nunca llueve en el sur de california

Hoy palabras que cronológicamente no deberían ir antes de las que escribiré cualquier día a partir de mañana en el que logre venir aquí desde casa de la yaya, a modo de exilio de lo que se pueda esperar de los días navideños.
Parte de ellas reposan en una libreta. Me las arranqué en un irlandés regentado por argentinos de dulce acento.
El resto las quiero vivir y no quiero que estén entre estas de hoy.

Y bien, las de hoy son sobre cenas con coronitas ayer y tinto peleón hace horas; anuncios de fríos polares que bajarán la cota de nieve quizás hasta la altura del Tibidabo.
Distancian en el tiempo las historias mortinatas de tres chicas -María, Anna y Alba- de las que escribí en tres libretas; y son dichas en público porque lo que nació lo hizo en jornadas laborales de ocho horas y media de lunes a jueves, y seis horas los viernes. Y ellos, compañeros y amigos del trabajo, también estuvieron allí. En algún momento quizá lo sufrieron, pero muy pocos -momentos- a mi juicio. Por todo esto, es normal que aparezcan los tres nombres en las cenas de amigos del trabajo.
También sale mi blog. Si me conoces es fácil encontrarme.

Me resulta tremendamente fácil perder la mirada en vasos por Navidad. En los posos ya veo que fui falo para un coño que para mí olía tal a lo que sonaba su nombre; en justas trescientas sesenta y cinco noches se llama Alba. Se llamaría Penélope pero no la merece, así que con Alba se queda; ese coño sólo debió merecerse un falo con memoria de pez corto de mente para que cuando ella pronunciara quiero se habría olvidado del te y nunca la hubiera creído o querido así como lo hizo, a mi manera. No me arrepentiré nunca por lo que viví en mí y por eso no la borro. Tampoco soy así, como ella.

Las cenas se acortan por falta de ambiente; en mi caso, estoy cansado por fuera y resacoso por dentro, porque la de la intensidad acumulada ya es más poderosa que la que causa el balantainscola previo vodka o cualquier mezcla canalla. Y cambié mis charlas sobre mí con ojos inyectados en lo etílico, por los vómitos aquí.
Cuesta encontrar taxi desde Arc de Triomf y dos de nosotros acabamos en Aragón con Passeig de Sant Joan. Me he vuelto reservado y por eso llevaba celofán azul en la cabeza y miraba hacia adelante porque no me gusta mirar atrás o similar en el sentido literal de la palabra -girando la cabeza-, pero sabía que a pocas manzanas estaba la casa de Lucy y sonó bien tal como los recuerdos en presente con ella. Ahora que me sitúo allí, sonrío.
Un mercedes con gps deja a Meri en Sants y a mí en mi portería a las tres y poco fumando el último y tarareando el seems it never rains in southern California que sonaba en ese taxi y leyendo la contestación de Lucy y callando o ahogando mi respuesta a modo de segundo menaje, tras el celofán y por los por si acaso y por lo reservado.

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