love will come through

Para volver a mi casa en taxi, siempre pregunto si saben de dónde estoy hablando e indico bajar por Balmes hasta Aragón, como hoy hice antes de contarme cerca de ocho cosas que contar, aunque no sé con qué canción de Travis titularlas a ellas y al día de hoy en in crescendo hacia las mejores dos de la madrugada, y como me gusta decir cosas de orden y naturaleza metafísica y rara -sin ir más lejos, que cuando se cambia de hora hacia atrás (como hace poco) se pasa dos veces por la misma hora- diré que elijo la canción número ocho del winamp con la piel de la gallina de la casuladidad, porque ésta es el número de cosas que me cuento y ésta es Love will come through, la segunda canción que tocaron hoy en el concierto, la de mi camiseta gastada de I Love NY que mi madre quisiera para la bolsa de los trapos porque merezco una abanderado mejor que ese trapo, como queriendo repetir de nuevo que la camiseta es Alba y yo soy Yo, y quizás ésta construcción simple en itálica es la razón por la que nublo la vista, la razón mayor de mi martes nueve de noviembre de dos mil cuatro, la razón de mis días no en pretérito, el origen de lo catártico y tantas otras cosas más que se colaron en esa camiseta desbocada y que tiende a la humedad, donde Alba ya se coló y perdió en un domingo donde no jugaba el Barça y en el que reí cuando supe que en el amor también existía el orgasmo y los dos y las feromonas y el olor a sexo y más de setenta y ocho conjunciones que ya no saben igual en la corriente électrica que siento en mi mandíbula al verte.

No fue igual en el momento en el que te vi con el pelo más corto llegando a la cola del concierto y en el que entendí porqué algo había estado queriendo premiar mi éter del martes con más nicotina, o que el frío apretara de repente mientras se hacían las ocho y media, o que tardé en verla acercarse a mí deprisa, sonriendo y lo agradecí sonriendo en dos besos, o que faltó el amigo más cercano, o que no vinieron más, todo por el hecho que sabría de ti porque viviría este momento y no lo podía hacer de otra manera que entre olor a petas, flequillos, chapas, patillas, la pared de Muntaner, mis bolsillos de pana, la humedad; más tú en Diagonal con Muntaner y yo allí queriendo seguir allí, seguir la cola, seguir entrando, seguir cantando, seguir con lo que siguió en el tiempo.

Tan sólo dudé de todo lo que he dicho cuando te imaginé topando con que estaba solo, porque me recordó a que alguna vez me no me sentí persona contigo.
Te intuí a modo de susurro que roza ser escasa perturbación del aire, intuyéndome que aquél era quien soy, pese a que no llevaba el abrigo de ante heredado de mi padre, ni la cartera cruzada de Amsterdam -beish claro, medio rota-, ni la nuca despejada. Yo estaba de espadas, doblando los tobillos; inconfundible.
Why does it always rain on me es sólo mía aunque nunca haya sentido que siempre llueva sobre mí porque mentía cuando tenía diecisiete. Mía de las tardes frente a ti, a la derecha. Pero mía, mía, lo supe cuando asomaba cualquier recuerdo, Travis aceleraba Side para convertirla en Staying alive -a modo de guiño- y entonces recordaba que estoy vivo. Volvía. De eso se trató todo, de vivir; desde el primer minuto de espera hasta cualquier manojo de sentimientos chocando, encontrándose entre ellos o de esos que sientes cuando conoces al aire fresco. Lo sé, hundo la esfera de los ojos y parece triste, pero es sentir muchas cosas. Sonrío.

Cuando acaban los días así, amanezco cansado y con la sensación de haber llorado, como ahora… sí, noto que lo hago, pero caen hacia dentro y no se ven -del todo-. Me viene que no es necesario sentir lo que tradicionalmente se asocia al llanto para llorar.
Cuando súbito sientes diferente -como entre Mojácar y Turre- y te aturde que allá donde mires algo encuentras, es cuando acaban los días así en los que hasta sientes el cosquilleo de ácido lisérgico subiendo por la columna sólo al mirar desde la ventanilla del taxi hacia la plaza Letamendi y te viene que por ahí te recogió otro taxi con demasiadas lágrimas como para no sentir vergüenza al decir que por Aragón y luego Gran Vía se va más rápido y te viene también que cerca de esos días comenzaron los cosquilleos.
Cuando acaban los días así me pregunto cómo puedo ser payaso y mundano tantas horas al día, contestándome que a partir de una hora lo dejaré de hacer, aunque suelo olvidarme y seguir cómodo con la nariz roja. Creo que mañana lo emocional me embargará.
Cuando acaban los días así es a veces porque alguna vez no sólo quiero dejar de ser payaso, prentendo ir más allá y callar como inerte y translúcido los impulsos que se tejen desde mí, para dejar de dar así y hacer cosas tan raras y metafísicas como escuchar canciones en personas, pese a que me envidio a mí mismo en el momento en el que las digo porque las siento así de sencillas, como cuando dije que Flowers in the window eras tú.

Luego sólo creí ver a Alba desde mi taxi, pero a lo mejor creí así porque me gustaba la metáfora: seguro que no concibe la de historia y vida que pasó cerca de su acera, desde éste que es tan raro; y los taxis de aquí se parecen en lo amarillo a los yellow cab.

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5 comentarios

Pues quizá anoche coincidimos sin saberlo. Yo también por momentos busqué entre la multitud a quien ha grabado a fuego su nombre en mi corazón, con tanto deseo por encontrarla como ganas por no volver a verla.
Un abrazo.

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no conocía tu blog, he estado leyendo por aquí y ha sido inevitable pararse a leer esta "crónica" tan bonita del concierto, yo también estuve allí, entre humo de petas, subida en el escalón. voy a seguir leyendo..

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