like spinning plates

like spinning plates (en babia, viéndolas venir)

the minor fall and the major lift

Lunes, 27 de Junio de 2005

estoy casi solo en este trozo de una segunda planta; necesito quedarme del todo solo para que no me dé vergüenza repetir una vez más la misma canción. y no repetir, como no repetir salchichas en el comedor de lo que vino después del parvulario, no es más que un eufemismo de vergüenza o de no saber pedir o de cualquier duda.

estábamos en la flauta, en una mesa de dos: medio bikini y uno entero, un cortado y uno con hielo, y contaba que, en las huídas en las que te acuerdas de sylvia plath o virginia woolf, acabas empotrado contra algún elemento natural, y caes en que no hay nadie más, y sólo así debe ser, y sólo por eso eres alguien con pequeñas misiones en vidas ajenas; aún y así a veces dudas de si te alcanzará esa clase de egoísmo en la que quien recibe, también da.

en una huída vas buscando encangrenarte las manos bajo un palmo de nieve, cayendo en que no eres más que un chico de ciudad, o un ignorante completo, redundántemente otro más; en otra, caminando hacia la vila de gracia o hacia cualquier otro paisaje emocional, entre intuyendo una ola de frío, saqueado por el viento estático, eléctrico y helado, como los azotes que me daban hace años para despertarme de mí mismo o regresar de la luna de valencia; y también como los abrazos de apretujón que di con el mismo fin; pero, claro, esta vez daba yo a quienes tuve cerca.

al final de las huídas, o del círculo, o en el centro de la espiral, acabas llorando por estar a solas con la belleza, sin saber con exactitud si te la mereces o eres de los pocos con el privilegio de disfrutarla así, y es entonces cuando se pierde la noción de lo emocional, y estar alegre se parece entonces tanto a estar triste, como cuando lloras porque sabes que estás haciendo el amor.

mis adentros se escapan; se me escapan y las lágrimas satén se acanalan como un calzador, para dejar entrar o salir, y se rocían de sal si oigo las voces más cercanas; me hago demasiado pequeño para mí mismo, y no hay mejor metáfora que la de un ascensor que pare en la planta quinta, ni mejor río que las escaleras hacia el terrao, ni mejor sino que hacerme viento y aprender a volar en el mismo momento que preciso hacerlo, para aún seguir viviendo.

tres días sin saber explicar

Sábado, 25 de Junio de 2005

después de correrme, no sé cuál es el lugar donde quiero estar. me quedo en mí y vuelve a no haber nadie más.

ando cerca del guadalquivir, en un lugar con aire acondicionado intenso y un ordenador para vomitar, del cual me pone nervioso el contador de consumo; por el cronómetro. y no hablemos del reloj del móvil.

es como no saber si uno cabe en esta camiseta celeste con el icono de maradona; si me esta pequeña o no. pierdo la noción y las leyes físicas de los espejos las establezco yo, así que les privo de reflejar.

el año pasado, carlinhos brown también desfilaba por la ciudad en donde escribía. y recuerdo los días de él como si fueran estos aquí.

tengo ganas de acabar de llegar al río.

en tiffany’s, viéndolas venir

Lunes, 20 de Junio de 2005

no se mueve una miaja el aire, como diría mi abuela.

me imagino contando sobre mí, ya que el calor, el sudor y la calentura no me dejan soñar. y en el cuento digo que yo soy así, que imagino ese tipo de cosas. las luces parpadeantes del módem proyectadas en la pared son el reflejo de un fuego, aunque sea verde, ¿por qué no?; y las goteras del sistema de regadío nocturno de la vecina de arriba sobre la barandilla del balcón son gotas de lluvia de la tormenta que de un momento a otro se precipitará y entoces olerá a ella.

por momentos parece cierto y me creo, pero el ruído de los coches desviados de la gran vía no son lo suficientemente periódicos como para que formen parte de harmonía alguna, y acaban cortando el aire; la tensión es imposible.

entonces me río recordando que ayer, al lado de mi coca-cola, en la barra de un bar que hace chaflán, una voz gangosa y casi rota pedía una horchata con balantains; ¿cómo a alguien puede gustarle eso? ¿a qué debe saber?

no me gustan nada las gaviotas. son como las palomas; ratas, pero más grandes. lo malo es que son bonitas, las putas. sí, blancas y grises. me gustan las orenetes. la forma, como vuelan. y el nombre: orenetes. y el sonido que hacen: pii, piii, pii. sí… pi, pi, pi.

debe ser -prosigo- porque se me quedan esas conversaciones por lo que soy así, ya está.

son casi las dos y tanto pensar en cómo hace mi abuela el gazpacho -por no pensar en lo de la declaración de la renta, via laitana, la cuenta vivienda, el alquiler o el fallo del los intermitentes del coche- no me deja intentar dormir; debe ser por el ajo que se repite de alguna manera, y mi cabeza se llena de gas, pero, al ser imaginación, éste no se expulsa, se impulsa, y qué más da.

la voz en off que por momentos protagoniza, preguntaba qué hacía ayer a las tres de la mañana viendo “desayuno con diamantes”. era donde mejor podía estar; ya sabía que no iba a ver a nadie el sábado noche que se alegrara de que aún regalen premios en bolsitas de frutos secos; soy así, nada malo puede sucederme en tiffany’s.

alguien está en babia